Al principio, Jonás disfrutó de su mal habida reputación de héroe, la cual le trajo muchos beneficios impensados. Personas que hasta ese momento lo habían ignorado por considerarlo un don nadie ahora se le acercaban, ávidas de su compañía. Lo invitaban a incontables fiestas y eventos públicos, se le ofrecían muchas mujeres y tenía amigos por doquier. Pero luego de un tiempo, la venda que cubría los ojos de Jonás cayó, y pudo ver las cosas tal cual eran: nadie lo amaba en realidad; sólo querían ser vistos con él por interés. Deprimido, se dirigió a la playa donde todo había comenzado, buscando a la ballena. Estaba confundido. Era la primera vez en su vida que sentía culpa. Tenía la necesidad de decirle a la ballena que estaba arrepentido, pero no la encontró. Noche tras noche regresó a la playa con la esperanza de verla. La llamaba a gritos y preguntaba a otros animales por ella, pero nadie tenía noticias. Se había marchado para no regresar. Y así, Jonás tuvo que aprender a vivir con la culpa, y con ese otro sentimiento hasta ahora desconocido para él: el deseo de convertirse en mejor persona.
Melisa Capiglioni