salmónides

Breves escritantes ontológic@s de la antología escrita

Revelación 20 julio 2009

Archivado en: Recuerdo más lejano — salmonides @ 23:24

Mi relato tuvo lugar en la que ese momento era mi casa, a fines del año 1990, en vísperas del aniversario del nacimiento de Jesús. Tenía 5 años.

Todo había sido dispuesto. Cenaríamos en la terraza, bajo el cielo estrellado, iluminado por la luna llena. El momento era ideal para disfrutar de la brisa de una cálida noche de verano.

El ritmo era agitado. El sonido del leve crujir de las hojas de los árboles contrastaba con los continuos estruendos de fuegos artificiales que la gente encendía a modo de celebración. La música sonaba, personas reían, perros ladraban.

Mi lugar antes de la cena estaba con los chicos de la cuadra. Solíamos juntarnos en las veredas a encender fuegos artificiales mientras corríamos de un lado a otro, excitados, ansiosos, comentando en todo momento cual era el regalo que cada uno había deseado durante el año y que él posiblemente haría realidad en unas horas. Sin embargo, este año sería diferente. Mi plan había sido diseñado a la perfección. Tenía que verlo.

Mi carta había sido redactada con respectiva anticipación. Con letra clara y sin ningún error ortográfico, explicaba sencillamente cuál era el regalo que quería recibir. Salvo uno o dos acontecimientos, mi comportamiento había sido ejemplar. Tenía presente en todo momento que él podía vernos a todos los niños del mundo usando su gran telescopio.

Acorde a lo planeado, permanecí en casa. Sigilosamente, entré en mi habitación sin que nadie me viera; luz apagada, puerta entreabierta. La oscuridad lo cubría todo y dejaba ampliamente a vista el árbol de navidad ubicado en el living, iluminado por numerosas luces de colores que producía un brillo intenso en los adornos colgados en sus ramas.

Nadie nunca antes había podido verlo, sin embargo su presencia dejaba rastros en todos los hogares. Misteriosamente, todo el mundo coincidía en describir de manera exacta su apariencia y manera de vestir: corpulento, de pelo enrulado y blanco como su larga barba, ojos claros como el cielo, viste traje rojo intenso, con cinturón y botas negras. Inexplicablemente, todos conocían su nombre a pesar de que nadie había si quiera intercambiado palabra con él para preguntárselo. El nombre me parecía majestuoso: Noel.

El momento se acercaba. Él no tardaría en llegar. Mantuve mis ojos bien abiertos y agudicé mis oídos sin hacer el más mínimo ruido. Fue entonces cuando ocurrió. La más absurda situación estaba delante de mis ojos. Al pie del árbol, formando un círculo a su alrededor yacían numerosos regalos con nombres escritos en pequeñas tarjetas. La que los acomodaba, rápidamente, mirando en todas direcciones como si fuera ésta una tarea que debía realizarse sin demoras para evitar ser vista, era mi madre.

Minutos más tarde mi hermano mayor entró en escena.

- No veo el objetivo de toda esta pantomima. Se va a enterar tarde o temprano – dijo éste.

- ¡Callate querés! Te puede oír – lo reprendió mi madre.

- Sólo digo que no vale la pena. ¡Qué mentira más absurda! Pensar que

existe un gordo vestido de rojo que recorre casa por casa dejando regalos; nada más irreal – sentenció.

Sus palabras no tardaron en resonar en mi cabeza como resuena el

sonido de un eco en una cueva. Mis sentidos se mezclaron y mi aventura perdió toda emoción. Traté de ignorar lo vivido, convencerme de que nada había sucedido pero era imposible hacer oídos sordos ante tal revelación. Un enorme sentimiento de decepción y tristeza me llenaba. Salí de la habitación para enfrentarlos. Sus caras reflejaban sorpresa y a la vez culpa. Diez minutos más tarde me encontraba acostado en mi cama, sollozando. Mis padres, uno de cada lado.

Escuché el mito. La leyenda. Las creencias. La historia generalizada en la que mis amigos creían y que pronto también les sería develada. Escuché las razones y motivos. Me resultaba difícil creer que tal conspiración era real. Mamá me contó como todo había comenzado y como ella misma se había enterado. Papá, por su parte, me consolaba y al mismo tiempo secaba mis lágrimas con su pañuelo. Luego de unos minutos, más sereno y relajado, mi padre dijo: – Has dejado de ser un pequeño inocente para convertirte en un niño. Una etapa de mi vida había cerrado. Sentí que desde ese momento en adelante sería participe de cosas más profundas y reales. Orgulloso y sonriendo los besé a cada uno en la mejilla y salí al encuentro de mis amigos para celebrar la navidad.

Martín Lemos

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