Llegó el momento. Lo sé. No por las voces que murmuran en mi cabeza, voces de mis padres que dentro de mí gritan “Ahora te toca a vos”. Simplemente lo sé. Lo siento. Lo veo. Ya no soy el de antes, mis colores cambiaron. Es hora de emprender ese tan esperado viaje. Finalmente iré al lugar más recóndito del mundo, allí donde mis padres, mis abuelos y todos mis ancestros nacieron. A partir de sus relatos casi puedo visualizar y sentir aquel lugar. Incluso puedo oír el eco de los sonidos que ellos alguna vez escucharon. No obstante, quiero despojarme de estas voces y emprender mi propia aventura. A partir de este momento, todos mis sentidos están puestos en el ahora.
A medida que mis aletas comienzan a moverse con mayor rapidez, agudizo mis oídos. Es increíble que después de tanto tiempo recién hoy me dé cuenta del hermoso sonido que el agua produce cuando roza mi cuerpo. Las algas, por su parte, crean un hermoso marco para este cuadro. Parecen bailar alrededor mío cual si estuviesen siguiendo el ritmo impuesto por el agua en movimiento. Danzan, me acarician y suman sus voces a esta melodía que hoy, por primera vez, escucho.
A medida que me acerco a las aguas del río percibo un cambio de escenario: no sólo en cuanto al sabor y al aroma del agua, sino también en cuanto a los sonidos. Los ruidos propios del océano se vuelven recuerdos. Ya no oigo aquella dulce melodía de algas y agua en movimiento, así como tampoco oigo las olas que rompen en la lejanía o los grandes transatlánticos que viajan de una punta del océano a la otra.
Gracias al movimiento del agua todo aquello que hay en el suelo se remueve. Oigo el áspero sonido de los granos de arena chocando contra las gravas. Esa es. Esa es la señal de que estoy llegando, estoy cerca. Para donde sea que mire veo parejas. Todas ellas están removiendo las piedras del suelo, están excavando el nido para sus huevos. El ruido se vuelve ensordecedor. Piedras y más piedras que se mueven; rostros que no conozco; sinfines de mujeres, ninguna de ellas la mía. Sin embargo, sé que estoy cerca. En el momento exacto en que empiezo a desesperar la veo. Me está esperando para que juntos hagamos propio este ritual que forma parte de nuestra esencia. Me está esperando para que juntos, una vez más, estemos en el lugar donde “Dios depositó el huevo del primer salmón”.
Virginia Rolle