salmónides

Breves escritantes ontológic@s de la antología escrita

La ciudad de los otros 27 noviembre 2009

Filed under: Destino — salmonides @ 16:44

La ciudad se ha hecho con las manos que se olvidaron de los pies el día que la pavimentaron. Se olvidaron de los pies ancianos, de los que van sobre dos ruedas, de los que van con un bastón, de los que van con muletas, de los que van solitarios, de los que van descalzos. Se olvidaron de todos esos pies que diariamente tienen que sortear grandes y numerosos obstáculos cuando recorren las calles. Pozos, veredas sin baldosas, rampas demasiado empinadas o sin construir. La ciudad es prácticamente una enemiga para los pies; les pone señuelos, frenos, dificultades, amenazas, busca derrotarlos porque fue pavimentada con el frío asfalto del desinterés.

La ciudad se ha hecho con las manos que se olvidaron de los ojos el día que la edificaron y la decoraron. Se olvidaron de esos ojos sensibles que se humedecen al ver las casas de chapas y tablas, las antiguas casonas en ruinas, los cimientos en eterna espera de convertirse en un hogar. Se olvidaron de esos ojos exploradores de lo estético y lo artístico cuando además de construir modernos edificios, los atestaron de innumerables carteles publicitarios. La ciudad los utiliza como dardos puntiagudos para lanzarlos al centro del iris de aquel ojo que intenta levantar su párpado.

La ciudad se ha hecho con las manos que se olvidaron de los oídos el día que le instalaron el mercado del audio. Se olvidaron de aquellos oídos ansiosos por escuchar todas las voces cuando sus dedos activaron el “mute” en ciertos sectores y dejaron la música funcional con temas elegidos por sus índices en otros. La ciudad es una tirana que define a los llantos de los hambrientos, de los enfermos, de los analfabetos, de los abandonados, de los discriminados, de los abusados, como ruidos o fallas técnicas que se solucionan subiendo el volumen del tema de moda.

La ciudad se ha hecho con las manos que se olvidaron de las narices el día que la aromatizaron. Se olvidaron de ellas cuando las forzaron a soportar el olor a fábrica, la hediondez de sus desechos, las emanaciones de humos negros. La ciudad ataca las narices con la proliferación de grandes basurales y aguas estancadas.

La ciudad se ha hecho con las manos que se olvidaron de las otras manos, de aquellas quienes están condenas a ser quienes revuelven entre la basura, quienes hablan en lengua de señas que sólo unos pocos conocen, quienes intentan levantarse y decir “¡presente!”, quienes se sostienen fuertemente del bastón para no tambalear y caer en las calles, y si lo hacen, afrontan la caída pero se raspan o se quiebran. La ciudad se ha modelado con las manos desmemoriadas, egoístas, indolentes, opresivas, abusivas, destructoras… ¿y tus manos?, ¿cómo son?, ¿podrán hacer algo diferente?

Jorgelina Martinez Delfa

 

Epifanía 11 agosto 2009

Filed under: Recuerdo más lejano — topoimandres @ 23:11

Caen gotas transparentes. Caen gotas. Caen. Silencios. Brillos.

Un camino se desdobla, se bifurca, se camina lejos, crece, avanza y me posa sobre la huella errante.

Dicen que cuando recobré el pulso, miré el vacío. ¡Qué ilusos! ¡Tan ciegos, tan cerca!

Pude verlo nuevamente. Pude ver cómo, tras los ojos atónitos de los transeuntes, un dedo nacido del sol señaló la acera. Entonces dijo: “Esa mancha caliente sobre la acera, donde presurosos dirigen la mirada aquellos que no pueden verme, esa mancha roja, eres tú.”

Javier Sosa

 

LA BALLENA Y JONÁS

Filed under: Jonás y la Ballena — topoimandres @ 22:51

Jonás insiste y su insistencia lo instiga. Las insatisfacciones de la inspiración lo insanan. Insinuaba un heroísmo insípido e insidioso. Sin embargo, por instantes se instauraba. Era insoportable la institución de la insignificancia. Su insignia era insólita.

Pero Jonás y la Ballena eran inseparables. Aunque la Ballena lo inscribiera como insecto, su diminuta presencia la volvía insolente. El poder y la grandeza la instruían, la tornaban insaciable. Pero Jonás no era insabible: su fama era la mejor instrucción para la Ballena.

Moraleja: Si eres pequeño y débil como Jonás y la Ballena te traga, no dejes que te expulse. Profiere alaridos, da puñetazos y puntapies a las paredes del estómago de la Ballena. No hay mejor manera de ser grande y poderoso que saber dar el golpe en el lugar indicado.

Javier Sosa

 

Revelación 20 julio 2009

Filed under: Recuerdo más lejano — salmonides @ 23:24

Mi relato tuvo lugar en la que ese momento era mi casa, a fines del año 1990, en vísperas del aniversario del nacimiento de Jesús. Tenía 5 años.

Todo había sido dispuesto. Cenaríamos en la terraza, bajo el cielo estrellado, iluminado por la luna llena. El momento era ideal para disfrutar de la brisa de una cálida noche de verano.

El ritmo era agitado. El sonido del leve crujir de las hojas de los árboles contrastaba con los continuos estruendos de fuegos artificiales que la gente encendía a modo de celebración. La música sonaba, personas reían, perros ladraban.

Mi lugar antes de la cena estaba con los chicos de la cuadra. Solíamos juntarnos en las veredas a encender fuegos artificiales mientras corríamos de un lado a otro, excitados, ansiosos, comentando en todo momento cual era el regalo que cada uno había deseado durante el año y que él posiblemente haría realidad en unas horas. Sin embargo, este año sería diferente. Mi plan había sido diseñado a la perfección. Tenía que verlo.

Mi carta había sido redactada con respectiva anticipación. Con letra clara y sin ningún error ortográfico, explicaba sencillamente cuál era el regalo que quería recibir. Salvo uno o dos acontecimientos, mi comportamiento había sido ejemplar. Tenía presente en todo momento que él podía vernos a todos los niños del mundo usando su gran telescopio.

Acorde a lo planeado, permanecí en casa. Sigilosamente, entré en mi habitación sin que nadie me viera; luz apagada, puerta entreabierta. La oscuridad lo cubría todo y dejaba ampliamente a vista el árbol de navidad ubicado en el living, iluminado por numerosas luces de colores que producía un brillo intenso en los adornos colgados en sus ramas.

Nadie nunca antes había podido verlo, sin embargo su presencia dejaba rastros en todos los hogares. Misteriosamente, todo el mundo coincidía en describir de manera exacta su apariencia y manera de vestir: corpulento, de pelo enrulado y blanco como su larga barba, ojos claros como el cielo, viste traje rojo intenso, con cinturón y botas negras. Inexplicablemente, todos conocían su nombre a pesar de que nadie había si quiera intercambiado palabra con él para preguntárselo. El nombre me parecía majestuoso: Noel.

El momento se acercaba. Él no tardaría en llegar. Mantuve mis ojos bien abiertos y agudicé mis oídos sin hacer el más mínimo ruido. Fue entonces cuando ocurrió. La más absurda situación estaba delante de mis ojos. Al pie del árbol, formando un círculo a su alrededor yacían numerosos regalos con nombres escritos en pequeñas tarjetas. La que los acomodaba, rápidamente, mirando en todas direcciones como si fuera ésta una tarea que debía realizarse sin demoras para evitar ser vista, era mi madre.

Minutos más tarde mi hermano mayor entró en escena.

– No veo el objetivo de toda esta pantomima. Se va a enterar tarde o temprano – dijo éste.

– ¡Callate querés! Te puede oír – lo reprendió mi madre.

– Sólo digo que no vale la pena. ¡Qué mentira más absurda! Pensar que

existe un gordo vestido de rojo que recorre casa por casa dejando regalos; nada más irreal – sentenció.

Sus palabras no tardaron en resonar en mi cabeza como resuena el

sonido de un eco en una cueva. Mis sentidos se mezclaron y mi aventura perdió toda emoción. Traté de ignorar lo vivido, convencerme de que nada había sucedido pero era imposible hacer oídos sordos ante tal revelación. Un enorme sentimiento de decepción y tristeza me llenaba. Salí de la habitación para enfrentarlos. Sus caras reflejaban sorpresa y a la vez culpa. Diez minutos más tarde me encontraba acostado en mi cama, sollozando. Mis padres, uno de cada lado.

Escuché el mito. La leyenda. Las creencias. La historia generalizada en la que mis amigos creían y que pronto también les sería develada. Escuché las razones y motivos. Me resultaba difícil creer que tal conspiración era real. Mamá me contó como todo había comenzado y como ella misma se había enterado. Papá, por su parte, me consolaba y al mismo tiempo secaba mis lágrimas con su pañuelo. Luego de unos minutos, más sereno y relajado, mi padre dijo: – Has dejado de ser un pequeño inocente para convertirte en un niño. Una etapa de mi vida había cerrado. Sentí que desde ese momento en adelante sería participe de cosas más profundas y reales. Orgulloso y sonriendo los besé a cada uno en la mejilla y salí al encuentro de mis amigos para celebrar la navidad.

Martín Lemos

 

Alegoría del Armario 13 julio 2009

Filed under: Pinocho — topoimandres @ 21:17

Per ardua ad astra (“A través de las dificultades alcanzamos las estrellas”)

Se cuenta que se decía que había una semilla de árbol, en algún bosque del mundo, que logró ser humana. Cuando era un simple pedazo de leño, donde habitaba el milagro de la palabra, resultó ser obra de una estrella implantar el límite de su propio silencio en el aroma resinoso de sus entramadas fibras. En la mueblería lo venderían por poco ante la crisis per cápita. Extraño hecho que invertiría el tiempo y el destino. Alguien compraría ese armario y, con el armario, el silencio involuntario: el silencio interno de la madera. Empotrada en la pared quedó la esperanza de descubrirse, no solamente ante los ojos de los demás sino ante los suyos. Igualmente, de aquel árbol habían salido otras leñas… otras maderas que el azar convertiría en papel y el misterio de la tinta, en libros. Así fue como aquellas palabras durmientes conocieron la lectura entre ropas y zapatos. Se leyó y se interpretó, y la vida lo traducía. Fue entonces cuando, sin explicación, de un armario de madera salió un niño con deseos. El silencio se transformó en palabras y de las palabras brotaron verdades de hojas verdes … Luego el hombre pudo conocer la estrella que implantó el límite de su propio silencio, conoció al Zorro y al Gato y al Hada de todos sus logros. Pero además, cada tanto, acechaban los conejos negros … los conejos de la otra madera… los cuatro conejos negros como la tinta que portaban, solemnes, el ataúd de todos sus sueños.

Javier Sosa

 

La ciudad de ningunaparte

Filed under: Destino — topoimandres @ 21:15

Aquello parecería un edificio pero en realidad es una creencia y un dios. Más allá hay muchas palabras en varios pisos con ascensor. Pero aquello y más allá se repiten.

Hay una regla que mide las sendas peatonales, los cordones y los límites horizontales. Hay otros asientos en semicírculo con cúpulas y banderas. Allí hay silencio. Muchos dicen que hay ocultamiento en el parloteo.

Afuera, el reloj marca una hora digitada, una hora que miente. Por eso hay ciertos relojes que se atrasan y otros que se adelantan; porque indudablemente la plaza tiene más palomas que palomitas de maíz. Sin embargo, las manos, como si nada, siguen su destino sin sentido. Arrojan palomitas hasta que se acercan.

Pero me cansé de ver la iglesia y las oficinas, el correo y los tribunales. O las diagonales urbanas infinitas de rascacielos mecánicos y autómatas. O esa rara ley que nos aplasta horizontales con su jerarquía de espacios donde poder habitar las conciencias. El tiempo me sigue midiendo, pero el reloj de afuera miente. Ese reloj del congreso miente y mienten sus palabras y sus silencios. Entonces vuelvo mis ojos a ellas y les doy de comer a las que están más lejos. Hasta que viene una nueva que no se pelea con las otras. Me mira fijo y fugaz de costado. Me deja inmóvil: errante y taciturno.

Javier Sosa

 

El Cambio

Filed under: Jonás y la Ballena — salmonides @ 20:52

Al principio, Jonás disfrutó de su mal habida reputación de héroe, la cual le trajo muchos beneficios impensados. Personas que hasta ese momento lo habían ignorado por considerarlo un don nadie ahora se le acercaban, ávidas de su compañía. Lo invitaban a incontables fiestas y eventos públicos, se le ofrecían muchas mujeres y tenía amigos por doquier. Pero luego de un tiempo, la venda que cubría los ojos de Jonás cayó, y pudo ver las cosas tal cual eran: nadie lo amaba en realidad; sólo querían ser vistos con él por interés. Deprimido, se dirigió a la playa donde todo había comenzado, buscando a la ballena. Estaba confundido. Era la primera vez en su vida que sentía culpa. Tenía la necesidad de decirle a la ballena que estaba arrepentido, pero no la encontró. Noche tras noche regresó a la playa con la esperanza de verla. La llamaba a gritos y preguntaba a otros animales por ella, pero nadie tenía noticias. Se había marchado para no regresar. Y así, Jonás tuvo que aprender a vivir con la culpa, y con ese otro sentimiento hasta ahora desconocido para él: el deseo de convertirse en mejor persona.

Melisa Capiglioni